El ego ruso y la guerra: análisis de la mentalidad a través de las regiones periféricas de Rusia y su actitud hacia la agresión contra Ucrania

¿Dónde termina la humanidad?

Mientras el mundo observa con horror la brutal agresión de Rusia contra Ucrania, en algunas regiones rusas, ubicadas a miles de kilómetros de Moscú, la guerra no se percibe como una tragedia, sino como una oportunidad. No para la paz o la resolución del conflicto, sino para mejorar la situación personal: apoyo económico, una lavadora nueva, un coche. Todo esto gracias a que alguien regresa (o no) del frente con un salario militar, obtenido a menudo a través del asesinato de civiles.

Lo más impactante ya no son solo las cifras de víctimas o los crímenes de guerra, sino la manera en que algunas familias rusas —especialmente en regiones pobres y aisladas como Buriatia, Tuvá o Daguestán— hablan sobre la guerra. Los hombres van a matar por un rublo, y las mujeres —sus esposas, madres, hermanas— lo relatan con una sonrisa, a veces incluso con humor. Sus vínculos con el frente se reducen a transferencias bancarias y nuevas compras. ¿Reflexión moral? ¿Conciencia? ¿Terror? Ausentes.

El ego ruso y la mentalidad imperial: cómo comenzó y hacia dónde va

El ego del imperio – fundamentos históricos

El imperio ruso creció mediante la expansión, no la modernización interna. Cada siglo trajo nuevas conquistas territoriales, la subordinación de otros pueblos y la imposición de la cultura, lengua y valores rusos. Así nació el mito de la «Gran Rusia», un Estado que «lleva la civilización» y «defiende la eslavidad», incluso si eso implica violencia y exterminio.

Esta forma de pensar no desapareció con la caída de la URSS; al contrario, se intensificó. En el imaginario social de muchos rusos persiste la idea de que «a Rusia solo se la respeta cuando se la teme». Esta narrativa se inculca desde la infancia, con historias sobre enemigos externos y amenazas occidentales que solo pueden combatirse con fuerza.

Un ego construido sobre el agravio y la grandeza

El ego ruso es una mezcla de orgullo y sentimiento de agravio. Por un lado: «somos poderosos, vencimos a Napoleón, a Hitler, tenemos el país más grande del mundo». Por otro lado: «todos nos odian, conspiran contra nosotros, Occidente quiere destruirnos». Esta contradicción genera disonancia interna y miedo, que se canaliza fácilmente en agresión externa.

En este contexto, la guerra en Ucrania no se ve como una agresión, sino como una «respuesta justa», una «defensa de la zona de influencia», una «protección de los valores rusos». Es una racionalización clásica de la violencia: transformarla en misión.

Mentalidad de colonizador y la creencia en pueblos “inferiores”

Muchos rusos, incluso los de las regiones más pobres y olvidadas por el Estado, albergan un resentimiento imperial: la idea de que otras naciones (Ucrania, Georgia, pueblos de Asia Central, países bálticos) deben «saber cuál es su lugar». A veces esto adopta la forma de paternalismo (“El ucraniano es nuestro hermano, pero es ingenuo y manipulado”) y otras veces un racismo abierto (sobre todo contra los asiáticos, a pesar de tener rasgos genéticos similares).

Este mecanismo psicológico permite que un ruso pobre de una aldea sin asfalto ni alcantarillado se sienta «superior» a un ucraniano con una vida digna. Solo por ser ruso.

Cuando el ego mata la humanidad

La guerra es una situación extrema que revela la verdadera naturaleza de las personas. En la sociedad rusa, la indocrinación secular, el ego propagandístico y la falta de autoconciencia han llevado a una pérdida total de empatía. Cuando esposas y madres se alegran por un «pago por un cadáver», cuando alguien dice con una sonrisa: «sí, matan civiles, pero mi marido me compró una estufa nueva», no es solo una caída moral individual. Es una muestra de la degeneración de la identidad colectiva.

El ego imperial en las conversaciones – la aterradora cotidianidad de las opiniones rusas

Muchos canales ucranianos (como Шайтельман, Єнот Диверсант, Історичний Контрпропагандист, Назанінка, Vox Veritatis, entre otros) realizan entrevistas con rusos que comparten sus opiniones de forma sincera, a menudo sin notar el absurdo de sus propias palabras.

Ejemplos de conversaciones

Mujer del krai de Krasnoyarsk
▶️ «¿Y qué? ¿Acaso los ucranianos no mueren también? Mueren. Pero ellos empezaron. Nosotros solo defendemos lo nuestro. Y ahora a mi marido le darán un bono. Por fin compraremos una estufa nueva.»
➡️ Análisis: No hay reflexión moral. Para ella, la «operación especial» no es violencia, sino un programa social. La incapacidad de empatizar es aterradora.

Hombre de Buriatia
▶️ «Estoy orgulloso de que los buriatos luchan bien. Somos un pueblo guerrero, desde siempre. Y si a alguien no le gusta, que vaya a defender a Ucrania.»
➡️ Análisis: Identidad militar profundamente arraigada entre las minorías. Forma inconsciente de colaboración con el imperio, al costo de vidas humanas y almas propias.

Madre de un joven soldado de Daguestán
▶️ «Él no fue a matar. Fue por dinero. Le dieron uniforme, armas, y ahora es soldado. Mejor eso que robar.»
➡️ Análisis: Normalización total de la violencia como medio de vida. Justificación de la decadencia moral mediante la pobreza y la falta de opciones.

Pobreza, orgullo y guerra – la paradoja de regiones como Buriatia

Regiones como Buriatia, Tuvá o Daguestán son algunas de las más pobres de la Federación Rusa. De allí proviene una proporción desmedida de soldados enviados al frente en Ucrania. A pesar de la falta de oportunidades económicas, educativas y de infraestructura, muchos habitantes ven la guerra como una oportunidad, no solo financiera, sino de identidad.

Paradoja clave: Quienes menos tienen, son a menudo los más orgullosos de pertenecer al «imperio». No ven contradicción alguna, y este fenómeno merece análisis detallado.

Ejemplos de conversaciones

Esposa de Buriatia sobre la muerte de su marido:
▶️ «Bueno, murió, pero tenemos dinero.»
➡️ Análisis: Ausencia total de reflexión moral. Enfoque en el beneficio material.

Hombre de Tuvá:
▶️ «Me siento orgulloso de servir a Rusia.»
➡️ Análisis: El ego imperial como sustituto de identidad y valores propios.

Madre:
▶️ «Mi hijo no volvió, pero al menos fue un héroe.»
➡️ Análisis: Distorsión de la realidad por la propaganda y la necesidad psicológica.

Análisis: el ser humano como herramienta del sistema

En regiones sin oportunidades reales de desarrollo, el Estado ofrece una única «vía al éxito»: el ejército. Así, el joven se convierte en producto de un sistema de supervivencia, no en un ciudadano libre.

Sonrisa entre lágrimas: mecanismos psicológicos

Muchos entrevistados reaccionan con risa o sonrisa ante preguntas sobre pérdidas, sufrimiento o muerte. Es un mecanismo de defensa que les permite no enfrentarse a una realidad que, en el fondo, intuyen como inhumana.

El imperialismo como sustituto de valores

La falta de una identidad regional o personal fuerte lleva a adoptar una identidad impuesta: «Somos Rusia, somos poder» — incluso si en la realidad son marginales dentro de esa potencia.

Rublo, cadáver y sonrisa – el pragmatismo brutal de las esposas rusas

Uno de los aspectos más impactantes de la guerra rusa contra Ucrania no son solo los crímenes de guerra, sino la reacción social ante ellos. Particularmente impactantes son las mujeres —esposas, madres, parejas— de soldados rusos. En lugar de duelo por la muerte de sus seres queridos, muchas veces muestran risa, indiferencia o preocupación por si llegó el pago «por el cadáver».

Conversaciones telefónicas interceptadas, transmisiones con blogueros rusos y reportajes muestran que el sufrimiento y la muerte se han convertido en fría contabilidad familiar. Reacciones como: «Bueno, al menos recibiré 7 millones de rublos» o «Me reí cuando me dijeron que le voló la pierna» son más comunes de lo que cualquiera imaginaría.

Indiferencia aprendida – la genética del imperio

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué una mujer que pierde a su esposo reacciona con risa y preguntas sobre dinero?

La respuesta está en el legado del imperialismo soviético, donde durante décadas:

  • la vida individual no tenía valor frente al «colectivo» (o más bien, el Estado),
  • la pobreza era normalidad y motivo de orgullo, no de rebelión,
  • la mujer debía apoyar y aceptar sin cuestión las decisiones del poder.

Se instaló la idea de que «el hombre es un recurso»: debe trabajar o morir «por la patria». Ambos son aceptables si traen beneficios materiales o simbólicos. La mujer, adoctrinada desde niña con propaganda y brutalidad estatal, ya no busca justicia ni verdad. Busca dinero y «orden».

¿Cinismo o miedo?

En las conversaciones con mujeres rusas impactan no solo las palabras, sino el tono: sin reflexión, sin preguntas como “¿por qué estaba allí?” o “¿fue correcto?”. En su lugar, se escucha:

  • «Deberían equiparlos mejor» — es culpa del Estado, no de él.
  • «Al menos enviaron el cuerpo» — como si la necesidad básica fuera enterrar restos, no cuestionar el sentido.
  • «Si muere, igual pagan. Mejor pronto» — esencia de la deshumanización.

¿Es cinismo o bloqueo psíquico por miedo? Tal vez ambos. Por un lado, saben que no se puede cuestionar al poder. Por otro, les han enseñado que «el soldado no piensa, obedece» y «quien cuestiona, traiciona».

«¿Muró? Bueno… ¿y el pago?»

Reflexión final – la mujer como portadora de mentalidad

En la estructura social clásica, la mujer —madre, esposa, abuela— es transmisora de valores en el hogar y la sociedad. Por eso resulta aún más aterrador cuando no solo aceptan un sistema criminal, sino que lo refuerzan. Se ríen de mutilaciones, esperan el rublo, y educan a sus hijos en la narrativa de que «el ucraniano es enemigo y la muerte del marido, una oportunidad».

La sociedad rusa solo podrá cambiar si las mujeres —como núcleo de la educación doméstica y la vida cotidiana— empiezan a hacerse preguntas, en lugar de contar rublos sobre un ataúd.


Conciencia moral y comodidad material: el compromiso ruso con la conciencia

En cada época y en cada país existe un silencio conflicto entre la conciencia y la supervivencia, entre la ética y la comodidad. Sin embargo, en la Rusia del siglo XXI este conflicto alcanzó una intensidad excepcional — y su desenlace asombra incluso a los observadores más cínicos.

Cuando un Estado emprende una guerra agresiva e injusta, y la sociedad lo sabe: ¿qué hace una persona decente? ¿Protesta? ¿Guarda silencio? ¿Se marcha?
En Rusia, muchas personas toman otra decisión: cierran los ojos y aprovechan la situación — por dinero, por tranquilidad, por conveniencia.

Moralidad a la sombra de la nevera

En los años 2022–2025, innumerables testimonios muestran que muchos rusos son conscientes de lo que realmente es la “operación militar especial”. Saben que no es defensa, sino agresión. Saben que mueren civiles inocentes. Que el país se aísla, la economía colapsa y las leyes pierden vigencia.
Pero en lugar de una reflexión moral, surgen respuestas como:

  • “Pero me subieron el salario”
  • “Mi marido está ahora en el ejército – por fin ganaremos algo”
  • “Prefiero no destacar, de todos modos no tengo influencia”
  • “Se llevaron a los chicos del vecindario, pero mi hijo tiene buen trabajo y no lo tocarán”

Estas no son posiciones ideológicas: es pragmatismo nacido de décadas en un sistema que ha destruido la responsabilidad colectiva y fomentado el egoísmo.

Sistema que cultiva el conformismo

Durante décadas, la sociedad rusa fue educada para pensar que:

  • “El honesto” es quien guarda silencio y obedece órdenes.
  • La iniciativa ciudadana es una excentricidad sospechosa.
  • La ética es un lujo solo para los “ingenuos occidentales”.

No protestas – no tienes problemas. No piensas – no duele. No sabes – no respondes.
Así nació el conformismo sistémico: la gente prefiere no saber para no tener que rebelarse.
Quien sabe, debe hacer algo… y en Rusia eso puede significar perder el trabajo, ser golpeado, encarcelado o ver su vida destruida.

“No soy culpable, solo… aprovecho”

Lo que resulta particularmente perturbador es la dilución de la responsabilidad. Si se le pregunta a un ruso promedio que apoya la guerra si se siente culpable por la muerte de los ucranianos, responderá: “Pero yo no maté a nadie”.

Mientras tanto:

  • trabaja en una fábrica que produce componentes de armas,
  • compra en una cadena que patrocina al ejército,
  • educa a su hijo bajo propaganda,
  • guarda silencio aunque sabe lo que pasa.

Y aún así no se siente corresponsable, porque el Estado lo enseñó a pensar que “eso no es asunto mío”.

“Sabía que era ilegal, pero el sueldo era bueno.”
“No estoy a favor de la guerra, pero tengo hijos, tengo que vivir.”
Hay cientos de testimonios de personas que esquivan hablar del conflicto, escudados en la ignorancia o en el “cansancio del tema”.

Cuando la comodidad se convierte en complicidad

El silencio ante el crimen es una elección. Muchas veces difícil, pero elección al fin. Y cuando el silencio se transforma en beneficios derivados de la guerra, la propaganda o la represión, se torna complicidad.

Finalmente, la historia no juzga solo a quienes apretaron el gatillo, sino también a quienes supieron y no hicieron nada. Y aunque cada persona tiene derecho a tener miedo y protegerse, la sociedad, como conjunto, construye su futuro — o agrava la tragedia — por decisiones individuales.

“Estamos en contra de la guerra, pero…” – disonancia cognitiva rusa

En numerosas declaraciones rusas —tanto en redes sociales como captadas por blogueros o periodistas ucranianos— reaparece una frase sorprendentemente recurrente:
“Estamos en contra de la guerra, pero…”

Ese “pero” sostiene un paquete de contradicciones, negaciones y relativismos morales que permiten a muchos rusos declararse pacifistas mientras apoyan —activa o pasivamente— la brutal guerra de su país.

Disonancia cognitiva como norma social

Según la psicología, la disonancia cognitiva ocurre cuando una persona vive un conflicto entre sus ideas y sus actos o la realidad con la que se enfrenta.
En los rusos, esa disonancia se expresa con excusas como:

  • “Estoy contra la guerra, pero entiendo que era necesaria.”
  • “Estoy por la paz, pero Occidente provocó.”
  • “No es guerra, es defensa de nuestra patria.”

Un mecanismo mental que preserva la tranquilidad moral mientras se respalda la narrativa estatal. No es nuevo en la historia… pero en Rusia se ha vuelto casi masivo y socialmente aceptado.

Mecanismos defensivos: “No podemos hacer nada”, “Es culpa de la OTAN”, “Siempre ha sido así”

En conversaciones con blogueros independientes (ej. Vox Veritatis, Andrij Popik, Шейтельман, Danylo Novikov), se repiten patrones argumentativos que mitigan la culpa y evitan asumir responsabilidad:

  1. Culpar al otro:
    “Es culpa de la OTAN, Occidente, Ucrania.”
  2. Invocar impotencia:
    “No podemos hacer nada”, “Aquí no hay democracia.”
  3. Normalizar la guerra:
    “Siempre ha habido guerras”, “Es parte de la historia.”
  4. Desvincular la guerra de la acción personal:
    “Eso es política, no asunto nuestro.”

El rol de la propaganda — pero no solo eso

La propaganda estatal desempeña un papel enorme.
El bombardeo constante en TV e internet, cargado de emociones, manipulaciones históricas y temores nacionales, presenta la guerra como una “necesidad”. Sin embargo, no basta con apuntar solo a la propaganda:
Muchos rusos, con convicción, dicen estar “en contra de la guerra” mientras respaldan la ocupación, crímenes y represiones. No se trata solo de desinformación, sino de un problema cultural —desresponsabilización, falta de empatía, ausencia de hábito de autorreflexión.

Culto a la fuerza y debilidad de la humanidad – cómo la guerra da una falsa sensación de poder

Vacío, frustración y compensación simbólica

En sociedades donde el individuo carece de influencia real, la guerra se convierte en teatro de poder al que cualquiera puede sumarse emocionalmente, aunque no participe físicamente.
En Rusia —país donde durante décadas hubo represión estatal y la autonomía fue vista como amenaza—, aderirse a esa ilusión de fuerza colectiva se vuelve una forma de compensación personal.

La guerra otorga una sensación de control donde el ciudadano no puede cambiar nada, pero se siente un “ganador moral” por apoyar la fuerza de su Estado:

  • “Nos tienen miedo.”
  • “Imponemos condiciones.”
  • “Hemos puesto al Occidente en su lugar.”

No es poder real, es consuelo frente al miedo, la pobreza y el agravio.

El ciudadano común y la mitificación de la brutalidad

La propaganda y narrativas sociales suelen estetizar la violencia. El heroísmo se identifica con fuerza, y la violencia con patriotismo. Incluso los civiles piensan así:

  • “Hay que destruirlos.”
  • “La mano dura es la única solución.”
  • “El humanismo es debilidad.”

Una inversión total de valores donde la empatía se considera traición, y la fuerza —aunque irracional— virtud suprema.

“Parasitismo moral”

Muchos, especialmente entre los más pobres y marginados, obtienen satisfacción moral del éxito del Estado, sin pagar ningún costo ni cuestionarse.
Un parasitismo emocional en la guerra: “No voy a luchar, pero me alimento de la grandeza de ser parte de una potencia.” Por eso cada derrota militar provoca furia y deseos de venganza, no introspección.

Resumen – la ilusión de poder como droga social

Cuando la vida carece de dignidad, aferrarse a una fantasía de poder es tentador. En Rusia, la guerra no es sólo agresión estatal, es drogra nacional que adormece el dolor social, la pobreza y la impotencia. Pero el precio es devastador: una sociedad emocionalmente mecanizada para glorificar la violencia.

En una sociedad cuya participación ciudadana fue reprimida, se creó un culto a la fuerza: brutal, indiscutible, impuesta. Para los vulnerables, la guerra —como proyecto nacional— representa no solo una venganza externa, sino una fuente de orgullo personal.

Los psicólogos sociales hablan de identificación con el agresor, de proyectar la propia debilidad. Por ello rusos empobrecidos y humillados hablan con orgullo de tanques, armas nucleares y el “espíritu ruso”, como si ellos mismos manejaran cohetes.

Aprendizaje histórico y educativo: las bases de la niebla moral

La forma en que una sociedad enseña historia no es solo académica, es política, cultural e identitaria. Rusia eligió un camino claro: su historia debe generar orgullo, no verdad. El sistema educativo, medios y propaganda crean la narrativa de un pueblo inquebrantable, sufriente y siempre en lo correcto.

Una sola guerra, una sola victoria — el resto en silencio

El pilar de la identidad rusa es la Gran Guerra Patria (II Guerra Mundial). Se celebra como epopeya heroica, no como lección trágica de crímenes y responsabilidades.
Se silencia sobre:

  • el pacto Ribbentrop–Molotov y la invasión de Polonia,
  • crímenes del Ejército Rojo en Europa,
  • deportaciones, gulags, el Holodomor.

En su lugar: triunfo, monumentos, llama eterna. El mal siempre está “en otro”.

Educación como herramienta del mito

La educación actual:

  • justifica represión estalinista como “necesaria”,
  • presenta la disolución de la URSS como tragedia nacional,
  • fomenta el miedo al Occidente.

El resultado: los jóvenes dejan de preguntar, repiten respuestas patrióticas: “nosotros somos víctimas y héroes, ellos son traidores y fascistas.”

Sin verdad, no hay empatía

El problema no es sólo la falsificación de hechos, sino la falta de un formato moral:

  • No se enseña bien o mal, solo lealtad al Estado.
  • No se honra a las víctimas, solo la fuerza.
  • No se reconocen culpas, sólo conquistas.

Por eso muchos rusos no pueden concebir a su país como agresor. Si su ejército comete crimen, fue “provocación”, o “esas personas eran nazis”. No es solo cinismo, es producto de décadas de adoctrinamiento.

Este modelo de identidad basada en el mito y la ausencia de autorreflexión no solo explica la resistencia a la guerra, sino que la habilita.

Mirarse al espejo – ¿qué aprendieron otros pueblos?

Diferentes naciones han vivido tragedias y guerras. La clave no es si poseen historias difíciles, sino si las trabajan. ¿Se cuestionan la culpa, la justicia? ¿Enseñan la verdad o el mito?

Alemania – bienaventranza de la culpa

Después de II Guerra Mundial, Alemania Occidental (y luego reunificada):

  • afrontó el Holocausto y totalitarismo,
  • creó museos y memoriales,
  • estableció educación basada en la memoria y derechos humanos.

No debilitó su patriotismo, lo fortaleció con conciencia crítica.

Japón – evitación lenta

Japón, aunque democrático, tardó en afrontar su agresión en Asia: Nankín, esclavitud sexual (“comfort women”).
Aún hoy hay controversias historiográficas, pero la sociedad civil aumenta la crítica al militarismo.

Ucrania – una nueva identidad desde el dolor

Desde 2014, Ucrania se reinventa con memoria del Holodomor, colaboración y represión soviética.
Construye pluralidad histórica y ciudadanía fuerte, y contra la agresión rusa refuerza educación cívica y memoria colectiva.

Es un ejemplo de que procesar el pasado, aunque doloroso, es posible y necesario.

Rusia – memoria nacional como prisión

En comparación, Rusia se atrinchera en su mitología. No admite culpa, pluralidad ni víctimas — salvo las propias. El resultado:

  • falta de empatía,
  • irresponsabilidad por crímenes,
  • vulnerabilidad al autoritarismo.

Una sociedad que no afronta su historia es como un cuerpo sin conciencia: puede repetirlo todo sin sentir culpa.

Conclusión – el espejo que no miente

No hay nación sin debilidades, ni pueblo sin errores.
Pero solo quienes miran honestamente su pasado hallan fortaleza, no en la violencia, sino en la valentía de decir: fracasamos, pero nunca más.

Un pueblo que no sabe quién es, solo puede amar la ilusión.
Y la ilusión pide siempre más víctimas.

La guerra no solo mata personas, mata la conciencia de quienes la justifican.

Cuando callan madres, ríen esposas, los niños aprenden odio, no es el enemigo externo quien destruye la sociedad, sino el vacío interno.

Solo donde la verdad importa más que la comodidad, donde la historia duele pero enseña, donde la empatía vence al orgullo, allí crece una madurez colectiva.

No se trata de ser poderosos, sino de ser humanos.


Fuente de la imagen/gráfico: AI
Autor: MJ